¿LA POESÍA NO ES PARA LOS MUSEOS?

Afirmación – Este artículo pertenece a VICENTE MULEIRO y apareció en el suplemento de Ñ Clarín; sección El escribidor (fecha: 4.8.2007)
Me tome el atrevimiento de tipearlo y subirlo a este humilde espacio:

LA POESÍA NO ES PARA LOS MUSEOS

En el feudo de los Rodriguez Saá se han acordado de la poesía. El miércoles 8 de agosto, en consonancia con la repatriación de los restos del poeta, filósofo y militar Juan Crisóstomo Lafinur (San Luis 1897 – Chile 1824) se abrira lo que han denominado Museo de la Poesía. Por estos días una campaña pùblicitaria muestra a Jorge Luis Borges recitando versos de Lafinur y declarándose su orgulloso descendiente.
Pero Borges, mas que ninguno, desaprobaría que la palabra museo y poesía se vinculen. Don Jorge Luis creía que los textos vienen de un menos infinito y marchan hacia un más infinito, que no hay nada mas paciente que un verso, que puede permanecer en estado de vida latente para resucitar y conmover inesperadamente y siglos después a quien se tropiece con él.
La poesía nunca puede ser “museificada” (con perdón) porque nunca agota su significado expansivo. La muerte de los textos está reservada al libro rápido y oportunista pero el poema no solo se momifica sino que no se cristaliza como para ser depositado en un museo. Por lo contrario, persigue la pretensión de remar contra la muerte.
El poeta chileno Raúl Zurita lo ha expresado con esta precisión: “No hemos sido felices, es posible que esa sea la única frase que podamos sacar en limpio de la historia y la única razón del porqué se escribe, del porqué de la literatura. Es ese trazo entonces, esa corrección de la muerte, la que le otorga a la poesía su carácter desmesurado y su enloquecedor silencio”.
El silencio de la poesía es enloquecedor porque está tan cargado como agazapado. Zurita recuerda que la Divina Comedia aún tiene que ver con nosotros porque es el mas desgarrador poema que se ha escrito sobre la soledad. Otros poemas quieren explicar el mar, darle forma a las epifanías y las catástrofes del amor, arrancarle un relieve, una modulación al paso de los días, aprisionar el pasado para que no huya con la rapidez de la noche, hacer del futuro un paisaje festivo o desolador, celebrar el empeño de las hormigas o la pasión fatal de los héroes.
Nada de esto puede entrar en un Museo, los museos evocan la quietud. Pero la poesía se escribe en la arena, el océano se la lleva e, imprevistamente, reaparece en una playa incógnita.

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